Café “Los Galgos” (Lavalle y Callao)  

Empujo la puerta vaivén y escapa el aroma a café. Al cerrarse, el bullicio y el ruido ensordecedor de los automóviles sobre la arteria agitada desaparecen a mis espaldas. El silencio invade el salón, impregnado por el olor penetrante, intenso, en ocasiones combinado sutilmente con el dulzor del azúcar o la acidez de la leche. Miradas invasoras vigilan los movimientos de mis pies, que van de una a otra parte, perdiéndose entre los pequeños laberintos definidos por veintisiete mesas cubiertas con lienzos cuadrillé y manteles color aceituna o simplemente desnudas. Apretujada y adosada a una vasta superficie espejada me espera la minúscula mesa original, de madera, recubierta con fórmica al tono. La fluorescencia entubada que desciende del fúnebre marrón del cielorraso ilumina las tres sillas angostas de estilo Thonet que le hacen compañía. Una de ellas me invita a descansar en su regazo. Sobre la mesa, modesto, el servilletero de plástico blanco publicita, con letra azul cursiva, una famosa cerveza que ya no es de fabricación nacional. Asfixiados en el fondo, los papelitos semitransparentes, comprimidos y arrugados, ejercen presión para salir.

Siluetas dispersas se multiplican por decenas en los grandes espejos enmarcados con una fina pero avejentada carpintería tallada en roble de Eslavonia, que recubre casi la totalidad de las paredes del bar. Bonitos percheros de metal noble coronan a los gigantes inmóviles y rígidos, condenados, desde épocas remotas, a revelar los sentimientos ajenos. Algunos brillan como hace setenta y siete años; en otros, afloran picaduras como profundas heridas.

Un hombre mayor apresura el paso ante mi presencia. Botones del tamaño de monedas de plata resplandecen en la blancura inalterable de la casaca adherida a los hombros huesudos y la espalda encorvada, desgastados por el ajetreo. La cabellera sobreviviente, la piel morena, la mirada inquieta y los surcos marcados en el rostro invitan a la comunicación gestual; pero un hilo de voz pregunta: “Si?”. Intuyo lo que quiere y hago mi pedido: té con limón y la infaltable medialuna de manteca. Al mínimo pestañeo, el mozo se esfuma y aparece junto al mostrador principal.

La espera permite escarbar en el entorno y en su inalterable aspecto original. Entre flora y fauna fileteadas, un cartel proclama: “1930-2005. BAR Los Galgos. 75 Aniversario”. La misma leyenda aparece en la espaciosa placa metálica que duerme desde hace dos años en lo alto de la pared interna de la entrada principal, justo allí, donde Callao y Lavalle enlazan sus brazos asfálticos para acunar a este notable de la ciudad. Desde un horizonte imaginario, las historias campestres brotan de las cartulinas enmarcadas y esparcidas en los muros del porteñísimo bar: gauchos de labios abultados y carnosos, morenos hasta las plantas de los pies, charlan alrededor de fogones ardientes; mientras que los caballos dientudos, con ojos reventones, relinchan y corcovan por el rebenque alocado. Los entrañables personajes de la Pampa Húmeda imaginados por Molina Campos comparten espacio y aromas con las estampas inglesas de galgos humanizados, vestidos con ropaje victoriano y finos trajes negros, que parecen olfatear, con sus hocicos alargados, la fragancia dominante del grano tostado que pasea entre las mesas enfundadas de género verde. Cerca, un cuadro multicolor de grandes dimensiones representa una de las tantas instantáneas del lugar.

Sobrias e imposibles de ignorar asoman detrás del mostrador las delicadas líneas de la boiserie arrimada al ocre que maquilla la pared. Motivos florales, hojarascas y columnas labradas emergen como tatuajes en las tablas que revisten a los castigados espejos empeñados en exponer reliquias y pociones mágicas. Jarras de pura plata destellan por doquier. Una radio encendida en la voz de Gardel, la balanza crema y un par de banderas patrias se entremezclan con la ginebra, el whisky, el vodka e infinidad de bebidas espirituosas, que, con etiquetas vetustas selladas a envases cristalinos o color ámbar, aguardan, estáticas y desesperadas, sosegar las penas de almas errantes. En lo alto del mueble, dos colosales y lustrosas estatuas de porcelana a la derecha, la blanca y a la izquierda, la negra permanecen inertes. Sospecho que arribaron de Asturias, como su primer dueño: un amante de la caza y de las carreras de perros. Finos, excepcionalmente largos, esbeltos y musculosos, los fieles galgos montan guardia con la mirada clavada hacia la entrada por Callao, justo frente al antiquísimo Colegio Del Salvador y al sinuoso Pasaje Discépolo. Desde que en 1948 la familia Ramos compró el entonces almacén y bar, los mantuvo allí, eternizados.

Ahí viene Martín, con sus años y mi pedido a cuestas. Como eximio jugador frente al tablero de ajedrez, despliega su habilidad sobre la fórmica. Las piezas de porcelana dan inicio a la partida. Primero, un plato reluciente acaricia la superficie y la taza blanca, pulcra y vacía, descansa en él. Cuidadosamente, recuesta a un lado el delgado y refulgente acero inoxidable que girará atolondrado para unir el agua teñida por la hierba amarga con la dulzura blanca, por ahora, apelmazada en sobres impresos con la nostálgica imagen de dos canes flacos. A la derecha de la mesa, deposita un plato pequeño y el envoltorio amarillo rabioso que informa la procedencia del té encerrado en el diminuto fieltro. En otro ángulo, posa la tetera de porcelana. Adentro, el agua arde. Mejor no tocarla. Herida de muerte por el corte transversal del cuchillo, la rodaja gruesa de limón asemeja la rueda de una bicicleta, con los rayos que unen el eje con la llanta. El insignificante plato playo hace malabarismo y logra contenerla. Finalmente, acomoda el vaso de agua fresca y la medialuna dorada, que seca su sudor en el papel que oculta a la añeja base de porcelana.

“Bar con estilo francés, a semejanza de los de Montmartre, que se conserva intacto hasta hoy”, evoca una lámina vidriada junto a la barra. Diseminadas en recortes periodísticos adheridos a puertas, ventanas y columnas, las historias dan rienda suelta a la memoria. La fotografía en sepia de 1956 atestigua que sólo desapareció el gran cartel publicitario que cubría la parte superior de la fachada. Respetuosa, la modernidad no tuvo el descaro de pispar intramuros. Como capilla bendita, la radio de madera y botonera dorada del año 31 continúa allí. Ya no funciona, pero ostenta su belleza única e irrepetible, y se da el lujo de competir, en antigüedad, con el calefón a palanca que, a pocos metros de distancia, calienta motores. Escondida en un rincón, la pesadísima máquina registradora, moldeada en acero puro, observa celosa la carcasa plástica gris y blanca, encargada de realizar el trabajo que ella desempeñó, con vigor y dinamismo, desde 1930 hasta no hace mucho tiempo.

En setenta y siete años, el amplio mostrador principal, devenido en muralla infranqueable entre los visitantes y los objetos atesorados en la boiserie, fue el único que transformó su fisonomía: la podredumbre lo destrozó y la fórmica, resistente y difícil de doblegar, cubrió prolijamente su lomo. Sobre la superficie, y a la vista de todos, se yergue un taxímetro verde oscuro, mutado en velador, que pavonea su banderita LIBRE al rojo vivo. Portarretratos, remembranzas transformadas en palabras, masitas, alfajores, facturas, sandwiches, frutos de estación y el fulgor de las bandejas plateadas conviven con los artefactos que aceitan los engranajes del bar: la máquina de café, la caja tostadora, la juguera y, más allá, la agotada cortadora de fiambre. Magnífico, estilizado y de una hermosura inigualable, el grifo “cuello de ganso” es la pieza más fascinante de la barra. Impoluto y brillante, el mutilado animal de bronce dejará fluir el agua tantas veces como sea necesario.

Frente a mí, la negrura del té ahora es anaranjada y la taza vaporea perfume de limón. Fundido el azúcar, los galgos estampados quedan hechos bollos de papel. Mi boca acaricia la loza tibia y se vuelve agridulce.
“Siete con cincuenta!”, grita Martín, desde la otra punta del bar. A lo lejos, unos dedos delgados teclean el número con paciencia. Flaco, pálido, de gráciles cabellos plateados, cejas prominentes, ojos hundidos y labios como pincelada fugaz, Horacio Ramos rinde culto como sus hermanos, Alberto e Inés a la rutina paternal iniciada cincuenta y nueve años atrás. Envuelto en la histórica chaqueta azul marino, con camisa y corbata al tono, atiende, fervoroso, las tareas de la barra. Sacrificios, más que años, marcan a fuego su cuerpo, que manifiesta los rasgos típicos de los nacidos para trabajar. Los hermanos Ramos son joyas de la historia porteña, testigos privilegiados de una Buenos Aires que ya no es.

Afuera, una gacetilla adherida al vidrio frena la marcha de un joven peatón de la calle Lavalle. Cuenta que, en sus orígenes, este sitio fue un tunal y, luego, los jesuitas lo trabajaron hasta que fueron expulsados. Loteado el terreno, se erigió la residencia de la familia Lezama, que devino en local de venta de máquinas de coser y en farmacia antes de convertirse en el café que divide y une a dos queridos barrios: Balvanera y San Nicolás. Adentro, la imaginación de un caballero de mediana edad traspasa el ventanal y se extiende más allá de Callao, para internarse ansiosa en la curvatura del ex pasaje Rauch, como buscando vestigios del primitivo riel que en 1857 soportó la herrería pesada y humeante de “La Porteña”. Sin embargo, apenas cruza la calle, el vidrio le devuelve la imagen de la encantadora peatonal bautizada con el nombre de un antiguo y distinguido habitué del bar: don Enrique Santos Discépolo. El ritmo agobiante de la ciudad gris y el gélido otoño escurrido entre los transeúntes le indican que es hora de regresar. La música golpea sus oídos a través de los auriculares modernos y dos pantallas infrarrojas a gas le dan el calor necesario para hundirse aún más en la menuda silla que lo cobija y, así, volver a soñar.

De pronto, el chirriar de las bisagras. Entran visitas. Es Gipsy y su acompañante. Sólo estarán aquí algunos minutos contados por reloj. El pelo marrón cortito con algunos toques blancos, sus delineados ojos saltones y su cuerpo rollizo la delatan ni bien atraviesa la entrada. Casi oculto entre la gordura, luce el habitual collar oscuro con el nombre y teléfono grabados en mayúsculas rojas sobre la acerada lámina gris, por si acaso… Un morocho pomada, entrado en años, la escolta y se acerca al mostrador. Saluda con gran sonrisa y susurra: “Lo de siempre”. Parado, con medio cuerpo recostado sobre la barra, abre el diario y se zambulle en la segunda página, a la espera del pedido. Ella lo mira embobada. Apiladas milimétricamente en un diminuto bol de aluminio asoman las bolitas color vino tinto, salpicadas por una lluvia de granitos blancos. Gipsy agudiza los cinco sentidos. El hombre, con puntería certera, lanza los misiles salados dentro de ese túnel espacioso que se abre mecánicamente entre tanto cachete. Uno, dos, tres, cuatro… Suficiente. Un seco chasquido sale de mis dedos y la bolsa de huesos envejecidos, forrada con carne, pelos y dueña de un par de ojos tamaño huevo frito, se acerca sigilosamente. Suave al tacto, la acaricio con ternura. Atontada, en trance por el excesivo manoseo, cae lentamente sobre dos de sus cuatro patas. Despreocupada, apoya la abultada anatomía en las frías y desgastadas baldosas calcáreas. Gipsy observa atentamente a la muchedumbre, hipnotizada por el apabullante sonido que se cuela por el chanfle de la entrada. Al décimo minuto, el morocho emprende la retirada. Ella lo sigue. Antes de marcharse, echa un vistazo al jovencito, bien trajeado, que engulle sin reparos un trozo desmesurado de tostado. Un cartel de chapa dorada y letras rojas alerta: “Por ordenanza municipal, no se aceptan devoluciones de masas y sandwiches”.

Hombres y mujeres solitarios sueñan su futuro, acurrucados en la tranquilidad que inunda el bar. Filósofos ignotos reflexionan sobre el origen del placer que emana de las entrañas del pocillo de café. Estudiantes silenciosos leen con paciencia los fragmentos de célebres batallas ganadas por compatriotas envueltos en insignias celestes y blancas. Besos robados a espaldas de humildes trabajadores sellan pasiones y promesas de amor eterno. Todos convergen en la intimidad de la tradicional ochava. Antaño, escenas similares, fundidas con la presencia de ilustres artistas, como Enrique Santos Discépolo, Aníbal Troilo y Enrique Cadícamo, hallaron refugio entre las paredes espejadas. Otros personajes, con aires presidenciales, como Arturo Frondizi, Raúl Alfonsín y Carlos Menem, dejaron de lado las ropas del poder para hundirse en la bohemia escondida tras las ventanas.

Bajo la mirada. Blanca quedó la taza. La esencia del limón se disipó. En la lejanía, el badajo repiquetea con viveza las campanas del templo jesuita. Ya es hora de sumarme a los abrigos y a los pasos rápidos que caminan la acera de la legendaria avenida. Recostados en la mesa, billetes y monedas anuncian el adiós. Ojeo por última vez la boiserie, que ahora devuelve mi figura entre los cuellos angostos de las vasijas de vidrio. Seducida por tanto pasado, dejo atrás la puerta vaivén jurando volver.

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