Buenos Aires duele

Caminar las calles de Buenos Aires duele cada vez más. El desamparo tiene el rostro de centenares de seres privados de todo, aún de lo más esencial: su dignidad. Pasan los días y las noches a la intemperie, casi siempre en absoluta soledad. El frío y la lluvia aumentan su sufrimiento. Pero hay algo peor: su invisibilidad. Son apenas bultos, cosas, manojos de harapos ante los que no nos detenemos.

Es cierto, los ciudadanos comunes poco podemos hacer por ellos. No tenemos la facultad de intervenir, de implementar políticas que terminen con tanta miseria. Los gobernantes? Bien, gracias. Piensan que las “penas chicas” no deben perturbar su “sueño grande”, como dice una canción.

Y si uno de los rostros de la ciudad es el desamparo, también hay otros. El de los ojos abiertos y el corazón alerta es el de esta historia.

Un gélido día de invierno, una transeúnte repara en una niña, tirada en la vereda, que pide limosna. Se agacha junto a ella y le pregunta su nombre. La chiquita se lo dice y le cuenta, además, de su hambre y de su frío. La mujer se levanta y le dice que volverá en un rato. Regresa poco después trayendo comida y unas largas y abrigadas medias recién compradas. La niña no toma de inmediato estos presentes y pone una condición: saber si la señora recuerda su nombre. Cuando se lo dice, acepta con una sonrisa lo que ésta le ofrece. Lo único que posee, su identidad, está a salvo.

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