Café “Santos Sabores” (Aguilar y Tres de Febrero, Belgrano)

El observador camina lentamente por esta calle tranquila de Belgrano, luminosa, adornada por hermosos plátanos, algunos tilos y robustos ficus. Sobre la vereda de Aguilar, casi en esquina con Tres de Febrero, descansan cuatro mesas de madera oscura con dos sillas enfrentadas. Encima de cada mesa, reposa una cajita de cuerina turquesa dividida en dos compartimientos: uno guarda servilletas de papel blanco con el nombre del lugar impreso en letras grises y un detalle de florcitas; el otro, una fila de sobres de azúcar y edulcorante en rutilantes colores. Un gran nicho en la pared, con maceteros de cemento gris repletos de lazos de amor sobre la base resulta ser un ventanal de vidrio, con flores de estilo arabesco dibujadas en los ángulos, las mismas de las servilletas. Pegado a éste, hay una puerta de estilo antiguo, color verde claro, con postigos y cristal repartido desde la altura del picaporte.

El caminante empuja la puerta, que se abre al tiempo que suena un crujido de bisagras. El salón despliega una paleta de colores bien definida: blanco níveo en el techo, verde esperanza en las paredes, gris y verde envejecido en los pisos y estantes. Tres grandes lámparas de bronce con caireles, forradas en tela brillante, cuelgan desde una flor pegada al techo, recreada en yeso. Abajo, las mesas, con sus pequeñas cajas turquesa se distribuyen en forma caprichosa. Dos enormes sillones blancos, apoyados sobre una pared, invitan a sentarse justo allí. Desde ese lugar, los ojos del observador no pueden dejar de fijarse en otro ventanal que da a la ochava y que ofrece otra perspectiva de la apacible esquina. Pero el interior del bar encierra todo un mundo, una representación del paso del tiempo que no pudo ser, un añejamiento forzado de objetos y mobiliario que rememore tiempos pasados. Sobre el piso de cemento alisado y pinotea coloreada se intercalan pequeñas incrustaciones cuadradas hechas de pedazos de azulejitos de colores, que le otorga un toque de calidez y frescura.

En el medio del salón, una columna forrada con pizarrones sirve para indicar la sorpresa de la semana, esta vez “2 scons, té, copa de jugo de naranja, tostado, a 8 pesos”. Una vitrina exhibe dulces manjares, porciones de torta, budines de limón, cuadrados de chocolate y dulce de leche, magdalenas de banana bañadas con crema, arrolladitos Sobre ella, un par de cuchillas, esperan listas para el corte. Detrás, una serie de estantes de madera que ocupa toda la pared ostenta ante el espectador una colección de frascos, algunos llenos de amaretis, otros de galletitas, grisines, trocitos de chocolate, nueces, almendras, masticables de rojos. Los hay en distintos tamaños, con tapas de vidrio o tapas de metal, altos y bajos, con rótulos y sin rótulos. En el centro de la estantería, reluce un frasco de porcelana, de contornos redondeados y tapita en forma de flor, que en la fantasía de cualquier niño puede seguro esconder un duende.

A la derecha está el sector de las trivialidades, dispuestas de tal manera que se nota la intención de enmascararlas con el halo particular que dan las cosas viejas: una computadora, resmas de papel, bandejas de metal, cubiertos, y una mesa de madera envejecida, en la que hay pilas de platos y platitos, en perfecto equilibrio. Arriba de ella, un inmenso florero de vidrio lleno de agua límpida y fresca es ahora el hogar de un estupendo ramo de flores anaranjadas. Otra hilera de estantes sobre el lateral de este sector de las cosas comunes engaña al observador con un tiempo más lejano.

En su cúspide, pegado a la pared, una composición que simula ser un cuadro recrea la mesa servida, a través de una cuchara, un tenedor, un cuchillo, todos de alpaca con el mango labrado, y dos pequeñísimos azulejos, uno en color verde y otro en azul, como platos para dos comensales. Hacia abajo, en cada anaquel, una tetera de porcelana de vistosos colores reina en el centro, mientras otras, tal vez como princesas, adornadas con tonos menos llamativos, la rodean. Es imposible para el visitante dejar de ceder a la tentación de incorporarse y acercarse a ese rincón para contemplar el colorido muestrario.

La mesa que ocupa el observador es un curioso paisaje. Su superficie está cubierta por pedacitos de azulejos rotos, o prolijamente cortados, en blanco, verde, azul, gris y por una porcelana curva, que el huésped de costumbre ahoga con la palma de su mano. Sostienen esta estructura cuatro patas de metal negro con dos hierros cruzados, para apoyar allí los pies. El espectador toma notas. Bebe una copa de jugo, saborea un scon, piensa que sería mejor que el tostado no se hubiese quemado. Sonríe y olvida el asunto cuando pegado a él, pero trasponiendo el ventanal, en una mesita de la vereda, se acomoda una anciana con su viejo amigo, un perrito de bigotes blancos y andar lento. De seguro esta señora elige la vereda a pesar del frío, no sólo porque lo prefiere a resignar la compañía de su perro, sino porque adentro, nada le recuerda verdaderamente a su infancia, al juego de luces de los caireles que la hacían soñar con hadas durante la siesta obligada, ni al sonar de los pasos firmes de su padre sobre la pinotea oscura, ni al viejo aparador donde escondía sus caramelos, mucho menos a la tetera que su madre reservaba para cuando venían visitas, ni al rechinar de la puerta de madera que se abría después de cumplida la siesta.

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