Puente Alsina

El Puente Alsina fue parte de mi vida… Soy orillera, como se diría en lunfardo. Para mi nacimiento, como todo se hacía cruzando el río o el puente, mi mamá cruzó al otro lado para tenerme en el hospital Penna, el más cercano. Mi calle era la cortada Membrillar, que después le cambiaron el nombre por Carabobo. Sólo eran dos cuadras… en una punta estaba la rotonda donde terminaba el puente, y en la otra, la Estación Puente Alsina, terminal del ferrocarril de trocha angosta Midland para el cual el puente extendía un túnel para que el tren uniera los pueblos de Diamante, Caraza, Fiorito, Budge, La Salada, Casanova… y así hasta Libertad; todos pueblos donde el tren era la única vía de acceso hasta la llegada del asfalto y del colectivo.

El puente sobre el Riachuelo nos separaba de la Capital: de aquel lado estaba Pompeya, Capital Federal; del otro, Puente Alsina, provincia de Buenos Aires. No sé por qué el puente llevó el nombre de Valentin Alsina, podría haberse llamado Nueva Pompeya o Sáenz (nombre de la avenida principal del lado de la Capital). Pero se llamó Puente Alsina, que reemplazó al viejo puente del que hace mención el tango.

Su estructura es un enjambre de hierros, remachados en perfecta simetría, de color gris, haciendo juego con el ocre del edificio de estilo colonial. Sus escaleras de piedra, bordeadas de canteros y macetones con plantas, nos llevaban hasta arriba y en la entrada encontrábamos un banco largo a la sombra, cubierto de mayólicas. Tenía acceso peatonal del lado derecho y también del izquierdo, si habré gastado zapatos cruzando el puente! A los seis años teníamos clases hasta los sábados. Entonces, subíamos contando los escalones del puente y los tablones sobre el Riachuelo, de la parte levadiza, y cada tanto veíamos alguna regata o lanchón surcando sus aguas. Recuerdo la ornamentación de banderas rectangulares y largas que colgaban de los altísimos postes de luz y grandes escarapelas a los costados del puente con los colores de la bandera. Eso nos anunciaba que se aproximaba una celebración patria. Entonces, el puente era iluminado a pleno, qué hermoso se veía cuando lo vestían de fiesta!

Del lado de la provincia, en la rotonda final del recorrido, los tranvías 8, 9 y 55 daban la vuelta, haciendo rechinar sus ruedas para volver a salir. Ellos nos conectaban con el resto de la Capital: el 9 nos llevaba hasta Constitución y el centro, el 8 hasta Plaza Once y el aristocrático Barrio Norte y el 55 hasta La Paternal. Casi siempre, al final del recorrido, llegaban vacíos. Eran muy pocos los de Puente Alsina que usaban ese servicio; por lo general, se usaban para ir más cerca. La rotonda trajo nuevos negocios que se abrieron a su alrededor: una pizzería, una mueblería, una farmacia, un kiosco-bar y una zapatería.

Hoy, después de 49 años, volví al lugar… no pude estar mucho tiempo, mis ojos iban recorriendo cada rincón, tratando de visualizar lo que habían sido. Pero era más fuerte la visión de los negocios cerrados, la ausencia de vida, el abandono, y ni qué hablar del puente… parece un guerrero batallando solo contra el enemigo desvastador del tiempo, el mal uso y la ausencia de mantenimiento. Pero ahí está, de pie, esperando que le devuelvan la fachada que le dieron cuando fue diseñado y terminado para que vuelva a ser “mi Puente Alsina”, el que nos tendía su engalanado brazo para pasar a la Capital.

Leave a Reply