La Santa Casa

 

 

Tarde o temprano, todos aquellos que vivimos en Buenos Aires sentimos la necesidad de hallar un oasis que nos permita buscar, en el silencio, la claridad de nuestros pensamientos. En ocasiones, ese encuentro íntimo y personalísimo resulta difícil de imaginar en esta ciudad donde la rutina agobia sin cesar. Sin embargo, hace más de dos siglos, alguien supo comprender a esas almas ávidas de serenidad y de recogimiento, y dio lugar a una gran obra espiritual que aún perdura.
Su nombre era María Antonia de Paz y Figueroa, una joven santiagueña que dejaría atrás su buena posición económica y su estatus social para seguir los pasos de los Padres Jesuitas y dedicarse plenamente al descubrimiento de Cristo por medio de los Ejercicios Espirituales, iniciados en aquellos tiempos por San Ignacio de Loyola. Estos Ejercicios o Retiros Espirituales consistían en charlas destinadas a la reflexión, a la meditación y al cultivo de los valores cristianos, y se realizaban en lugares cerrados y por varios días.Con la expulsión de los jesuitas, dispuesta por Carlos III en 1767, María Antonia decide emprender su marcha hacia Buenos Aires para continuar con la obra de estos sacerdotes y fomentar la práctica de los Ejercicios Espirituales en la gente.
Descalza, con una cruz de madera entre sus manos y su fe a cuestas, llegó caminando desde su Santiago hasta la Buenos Aires del Virreinato. Según los testimonios de aquella época, ingresó a la ciudad por el actual Pasaje de la Piedad y se refugió en la iglesia del mismo nombre, donde descansan sus restos.Conocida por sus fieles como Sor María Antonia de San José o Mama Antula, dedicó su vida a la instrucción de indios, pobres y negros; protegió a personas desamparadas; cobijó a pecadores; ayudó a enfermos y a mujeres de la calle, y fue hacedora de hechos prodigiosos, por lo cual sus devotos motivaron el inicio del proceso de beatificación en Roma.
En 1795, fundó la Casa de Ejercicios Espirituales, justo en el límite donde al sur de Buenos Aires sólo había nada. Hoy, más de doscientos años después, declarada Patrimonio Histórico Nacional, la Casa ostenta el título de ser el único edificio que conserva su arquitectura original y el más antiguo de la ciudad.Desde 1996, cada tercer domingo de mes el silencio y la meditación se rinden ante el cuchicheo de los porteños ansiosos de curiosidad: la Santa Casa de Ejercicios Espirituales abre las puertas y muestra con orgullo sus capillas, cinco de sus nueve patios coloniales, tallas y vestimentas de santos -reliquias de los siglos XVII y XVIII-, celdas para meditación, relojes de más de trescientos años en funcionamiento y hasta faroles de la época del virrey Vertiz.
Por sus galerías, la historia dice presente y recuerda no sólo a las personalidades de nuestro país que por allí pasaron, como el General Belgrano, Juan José Castelli, Mariano Moreno o Bartolomé Mitre, sino también episodios románticos, como el de Mariquita Sánchez y su primo Martín Thompson, quien se disfrazaba de vendedor ambulante para entrar a la Casa y encontrarse con ella.Ubicada en la manzana trazada por las calles Salta, Estados Unidos, Lima e Independencia, la Casa de Ejercicios Espirituales impacta por su escasa altura y su extensión, comparada con los edificios que la circundan; pero más aún por el profundo y gratificador silencio contenido puertas adentro, tan inesperado en una ciudad que, sin piedad, ensordece en cada esquina.

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