A jugar al cementerio…

Hasta Alsina y Pasco, por favor.
Va al cementerio?, pregunta el taxista, mientras mira de reojo el espejo retrovisor a la espera de alguna mueca en mi rostro cercana al espanto.
Sí, voy de visita al cementerio, le digo. Y nos echamos a reír.
Para aquellos que desconocen la historia de los camposantos porteños, este podría ser uno de esos tantos diálogos incoherentes que actúan como puntapié inicial para la charla ocasional con el chofer del rodado amarillo y negro que recorre la ciudad. Nada más lejos de la realidad. Ambos sabemos que hablamos del cementerio que se convirtió en plaza.
Cuentan los libros que, allá por 1883, el pulmón verde delimitado por las calles Adolfo Alsina, Pasco, Hipólito Yrigoyen y Pichincha fue el segundo Cementerio de Disidentes de Buenos Aires, lugar al que iban a descansar eternamente los restos de los no católicos que habitaban la ciudad. Este predio, también conocido como Hueco de los Olivos o Cementerio de Victoria, ayudó a socorrer la falta de capacidad para las sepulturas que ya sufría el primer cementerio disidente, creado doce años antes, y que estuviera ubicado en las actuales calles Juncal, Suipacha y Esmeralda.
El Cementerio de Victoria denominado así por la calle que tiempo después pasaría a llamarse Hipólito Yrigoyen no sólo albergó a los miembros de las comunidades alemanas, inglesas y norteamericanas, sino que también fue el sitio elegido para el entierro de los primeros pobladores judíos de la ciudad. Con su cierre definitivo en 1891, se dispuso el traslado de los restos de los ciudadanos de origen inglés y alemán al novísimo Cementerio de la Chacarita, dentro del cual estas comunidades construyeron sus respectivos cementerios; y los restos de los ciudadanos judíos fueron llevados a la primera necrópolis de la comunidad, erigida en el Partido de Avellaneda. Sin embargo, no todos los restos fueron retirados. Muchos quedaron allí por decisión de sus familiares, y de otros nadie se hizo cargo.
Años después de la demolición de la capilla situada sobre la calle Hipólito Yrigoyen, se inauguró sobre las tierras del ex cementerio la Plaza 1 de Mayo. En este naciente espacio cubierto de plátanos y arbustos, se emplazó una escultura de bronce dedicada Al Trabajador y se erigió el Monumento a la Patria, cuyo mástil central fue donado por la comunidad israelita. Actualmente, la plaza cuenta con sectores destinados a la recreación de la tercera edad, con una calesita y con un patio de juegos con arenero en uno de sus extremos. No obstante, entre tanta arboleda de verde intenso, la plaza no olvida lo que supo ser: una placa advierte que allí fue enterrada Elisa Chitti de Brown, la esposa de Guillermo, el valiente almirante.
Pero fue en 2006, durante la remodelación del predio, que el antiguo cementerio se hizo visible una vez más. Como si se tratara de un cuento macabro, durante la excavación del arenero no sólo se hallaron botellas, restos de ataúdes y collares, sino también una lápida de mármol con forma de libro, en perfecto estado, de 1886, y que perteneció a la tumba de una niña alemana de diez meses. Este descubrimiento no hace más que demostrar que la historia de un barrio también hay que buscarla bajo nuestros pies y no sólo en lo que se nos presenta a simple vista. Y aunque a algunos porteños les cueste creer que allí, entre toboganes y hamacas, aún descansan los despojos de quienes murieron hace más de cien años, el inocente griterío infantil se muestra más que feliz yendo a jugar todos los días al viejo cementerio.

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