“Café de García” (Sanabria 3302)

 

Amanece en Villa Devoto. Las puertas y las ventanas del bar de la esquina de Sanabria y José Pedro Varela ya no pueden contener al mañanero e inconfundible olor a café que se desparrama hacia las veredas vecinas. Periódico en mano y sincronizados para cumplir con el rito del desayuno porteño, los habitué del bar eligen las mesas de siempre. Poco a poco, el interior del local se va transformando en un gran comedor familiar, donde todos se conocen y comparten, entre amenas charlas o encendidos debates, las primeras novedades del día. Mientras tanto, afuera, los clientes al paso aprovechan la brisa fresca y se ensamblan con naturalidad al paisaje del barrio, apropiándose de las mesas ubicadas bajo el Paseo de Metodio y Carolina, nombres de las dos glorietas que rodean al bar y que recuerdan a quienes dieron comienzo a este sueño llamado Café de García.
Nacido en 1927, este sitio notable de la ciudad de Buenos Aires se mantiene en pie en el corazón de un barrio que combina el lujo de sus caserones con la proximidad de un centro penitenciario. Tal vez este último sea el motivo por el cual Rubén, actual propietario y uno de los hijos a cargo del negocio de Metodio y Carolina, se empeña en echar luz sobre la imagen desdibujada que para algunos tiene esta zona. Aunque si bien resulta difícil acostumbrarse a la idea de que en este hermoso barrio de vegetación tupida todavía funciona una de las más célebres cárceles porteñas, vale la pena dejar de lado por un momento semejante ironía y recorrer sus calles para encontrar tesoros tan ocultos como el de la familia García.

Testimonio de la memoria ciudadana, este tradicional café es una réplica en colores de aquel que empezaba a hacer historia cuando la sepia era la única tonalidad en la que se lo fotografiaba. Ocre y blanco para su fachada, artísticas rejas negras en las ventanas, glicinas perfumadas y carteles con leyendas por doquier, son la cara visible de este paraje que no se parece a ningún otro de Buenos Aires.

 

 

Dedicado exclusivamente al juego de billar, el salón principal del bar es una suerte de santuario para los jugadores más habilidosos y también para aquellos que dan los primeros pasos en esta actividad recreativa de gran destreza. Sobre el desgastado piso damero, las tres pesadas mesas de billar acaparan la mayoría de la superficie del salón junto con las hileras de sillas solitarias que sirven de tribuna durante los partidos. En la pared, las taqueras y los guarda-tacos personales identificados con sus nombres y cerrados con candados, disputan la atención de los clientes con las añosas publicidades de bebidas y automóviles, con los recortes de revistas deportivas fuera de circulación y con las fotografías, los autógrafos y las dedicatorias de personajes famosos que pasaron por allí, que por cierto son muchos. Félix Luna, Alejandro Dolina, Antonio Carrizo, Fernando Bravo, Mariano Mores, Enrique Cadícamo, Horacio Ferrer, Víctor Hugo Morales, Enzo Francescoli, Fernando Redondo y hasta el internacional Francis Ford Cóppola, entre otros, dejaron su recuerdo en estas paredes. En medio de tantas caras conocidas, asoma el trofeo deportivo más observado por quienes visitan el lugar: la camiseta de la selección argentina autografiada por Diego Armando Maradona, vecino de Villa Devoto durante gran parte de su carrera futbolística.

Accediendo por una puerta lateral del salón, se llega a lo que fue la antigua habitación del matrimonio García, hoy convertida en el anexo del bar donde se sirve la superpicada auspiciada por la casa, que consiste en treinta platitos cargados con aceitunas rellenas, albóndigas, berenjenas en escabeche, morrones a la parrilla, salchichas acarameladas, papas fritas, fiambres surtidos y otros manjares que hacen agua la boca con sólo imaginarlos. Se degusta únicamente los jueves, viernes y sábados por la noche en este rincón reservado del bar en el que, por si fuera poco, hay tantos o más adornos que en el salón principal. Cual bodegón escapado de una pintura al óleo, los objetos pasados de moda donados en su mayoría por clientes y vecinos se entrelazan bajo la luz cálida de la araña central con los trofeos de caza, los utensilios de cocina, los frascos de aceites, los botellones, las cestas, las servilletas y hasta una olorosa horma de queso para rallar.

Patrimonio y orgullo del barrio de Villa Devoto, el Café de García es más que la continuidad de una tradición familiar, que un bar de remembranzas, que un museo de fotografías o que un refugio para elementos obsoletos. Con sólo leer la dedicatoria fundida en bronce colocada en la fachada, alcanza para comprender el espíritu depositado en este solar. El café es uno de los pocos sitios a salvo de nuestras inconstancias. Es uno de los pocos espacios comunes a resguardo de la inclemencia de los tiempos. Más allá de que madera y estaño apenas resistan los embates del plástico y la fórmica, los cafés porteños permanecen. El que hayan sido sentidos como segunda madre o segundo hogar, quizá explique nuestra entrañable relación con ellos. Lugar de encuentros, el café es también escenario para exponerse u ocultarse, para la compañía o la soledad. En sus mesas y mostradores se charla y monologa, pero también se calla. El café es un continente de la vida, un recipiente de sus contradicciones: allí se hacen y deshacen amistades, se tejen y destejen amores. Son, al fin, territorios comunes dentro de una ciudad cruzada por altas murallas invisibles.

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