“El Conde de Caballito”

 

Si desean hacer un viaje en el tiempo y toparse con una auténtica peluquería y barbería de épocas remotas, sólo hay que preguntar por el Conde de Caballito. Con semejante título nobiliario, Miguel Ángel Barnes es más que un peluquero de la zona oeste capitalina. Basta con mirarlo, para darse cuenta de que no es el frívolo estilista entrado en años que aconseja mover las cabezas ni tampoco el peluquero principiante que rocía las cabelleras con una interminable lluvia de spray. El Conde sabe de qué se trata esta esmerada profesión y hace un culto de ella.
Como todo noble ejerce su jurisdicción, en este caso en el condado bautizado con nombre equino. Allí, con pasión y alma de coleccionista, fundó ni más ni menos que laPeluquería y Barbería La Época, que a su vez es un museo dedicado exclusivamente a exhibir los elementos y productos de belleza característicos de este oficio antiquísimo. Para más datos, el Ford rojo con techo blanco, tapizado y llantas haciendo juego, estacionado sobre la calle Guayaquil 877, y la bacha de pie sobre la vereda, con la jarra, la toalla y la piedra para afilar navajas indican que estamos en su territorio.
Dueño de una elegancia impecable de la punta de la cabeza hasta los pies, con camisa a prueba de arrugas, tiradores más blancos que el algodón, reloj de bolsillo y relucientes zapatos de charol blanco y negro, el Conde se asoma, sonriente, tras el amplio vidrio fileteado de su barbería y me invita a descubrir su salón de coquetería masculina.
Como bienvenida, un cartel en la puerta me advierte: Por orden del comisario, se prohibe entrar armado y con sombrero al despacho de bebidas. Es que esta peluquería-museo cuenta también con un bar que rememora a las pulperías de antaño, con la salvedad de que aquí las mesas de café están flanqueadas por un inmenso vitrinero donde se pueden encontrar los más insólitos artículos de tocador, como el Jabón Curativo Tinkal, que cura y preserva la piel de las enfermedades contagiosas porque contiene principios curativos de las aguas de los lagos medicinales de la India; o el Jabón de Tocador Verdoll, a base de aceite de oliva y clorofila; o el Jabón de Tocador Radico, a base de aguas de sales radioactivas.
Un poco más allá y ordenados con obsesiva prolijidad, los estuches de papel de las hojas de afeitar nos enseñan a quienes no tenemos barba que no sólo la tradicional marcaGillete rasuró con envidiable precisión los rostros de nuestros abuelos y bisabuelos, sino también las Filomatic, Legión Extranjera, Lord, Jewel, Staheler o Geri. En el local hay, además, cremas y lociones para después de afeitar y colonias que hicieron historia, como la Atkinsons, la Ambré dePolyana, la York, la Bouquet del Rhin, entre otras, que se mezclan armoniosamente con navajas, tijeras, peines, brochas, talcos, pulverizadores, perfumeros y los más de diez mil objetos y piezas de viejas barberías que el Conde adquirió a lo largo de su vida.
En las paredes y en los espejos proliferan las publicidades deGlostora, Palmolive, Brancato, Lancaster, Pantera, Old Spice, así como muchísimas fotografías antiguas relacionadas con la profesión. En el salón principal, no dan abasto los ojos para apreciar tantos recuerdos en delicada consonancia: la caja registradora National; el teléfono de pie; el gramófono de ciento veintidós años; la bacía, una especie de palangana pequeñita que se usaba hace más de un siglo para remojar la barba y formar agua jabonosa; un matafuego de cobre; un antiguo toallero y los inconfundibles sillones de peluquería para los clientes. Cerca del bar-pulpería, un piano francés de 1907 está allí para quien quiera robarle algún acorde, como una pareja de turistas extranjeros que en su paso por tierras porteñas se animó a tocar una pieza musical.
Única peluquería-museo en toda América Latina, fue declarada de interés cultural por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y lugar turístico por la Secretaría de Turismo, por lo que también es sitio elegido para la organización de encuentros culturales y bailes de tango. Abre sus puertas al público de martes a viernes en horario fraccionado y los sábados en horario corrido.
Extravagante como pocos, entre tijeras, peines y secadores de cabello, el Conde prepara su mejor actuación. Pocos segundos le toma envolverse en su inconfundible capa negra que llega casi hasta el piso de la peluquería. Con total naturalidad, posa para la cámara e insiste en fotografiarse con sus clientes más pequeños. Reconocido como vecino solidario por el gobierno porteño, Miguel Ángel Barnes es el ejemplo de quien no sólo ama lo que hace, sino también de quien está dispuesto a compartir con todo aquel que lo desee los más entrañables recuerdos que aloja en su peluquería, esos de los que casi ya no quedan en Buenos Aires.

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