Confitería del Molino (Callao y Rivadavia)

Oculta tras las telas negras y las carteleras publicitarias, la Confitería del Molino agoniza en su espera por salir del mundo de oscuridad y mutismo al que la condenaron hace más de una década. Su impresionante silueta fantasmagórica, fruto de la corrosión de los hierros, de la mampostería floja, de los muros bañados de suciedad y de los vitrales ausentes en su espectacular torre aguja, la convierten en la escenografía a cielo abierto más observada de la ciudad. Cuesta creer que el sueño dorado de Cayetano Brenna, aquel maestro pastelero oriundo de Italia, hoy se caiga a pedazos en una de las esquinas más tradicionales de Buenos Aires.
La historia de esta Confitería, ensamble perfecto de lujo arquitectónico con degustación de exquisiteces culinarias, comienza en 1904, con la adquisición por parte de Brenna de la propiedad de la esquina de las avenidas Callao y Rivadavia, a la que más tarde sumó las casas linderas. Para ese entonces, don Cayetano, junto con otro colega repostero italiano, ya era dueño de la Antigua Confitería del Molino que funcionaba en la esquina de Rodríguez Peña y Rivadavia. Justamente, el nombre del comercio surgió de su proximidad con el primer molino harinero de la ciudad, instalado en ese entonces en un sector de la actual Plaza del Congreso.

Decidido a dar brillo a su nuevo emprendimiento, Brenna hizo traer de Italia todos los materiales y elementos indispensables para encumbrar su negocio gastronómico: vitraux, cristalería, mosaicos, mármoles, aberturas. Algunos vestigios de tanta ostentación aún se ven en las puertas de acceso a las viviendas, adornadas con finas imágenes felinas; en la escultura cobijada en la hornacina de la fachada principal; en las cerámicas de oro, todavía deseosas de resplandecer en la mansarda y en las aspas pétreas del molino simbólico. La monumental obra fue encomendada al arquitecto Francisco Gianotti, cuya empresa familiar proveyó varios de estos elementos decorativos. Tres subsuelos, planta baja y el primer piso serían ocupados por el local comercial sector de panificación, bodega y depósito; confitería y salón de fiestas y los demás pisos, por viviendas y oficinas. Así, desaparecería la Antigua Confitería del Molino para dar paso a la rutilante pastelería de estilo art nouveau ubicada frente al edificio del Congreso de la Nación.Inaugurada en 1916, la Confitería fue el sitio de encuentro predilecto de la sociedad burguesa de aquellos años. Artistas e intelectuales sucumbieron ante las delicias que ofrecía la flamante Confitería revestida con mármoles italianos y detalles en bronce. Eva Perón, Lisandro de la Torre, Alfredo Palacios, Carlos Gardel, Leopoldo Lugones y otras figuras sobresalientes de la historia civil y política argentina también se dieron cita allí para degustar los merengues, el panettone de castañas y los tés y los cafés que don Cayetano se encargaba de servir personalmente.

Por su ubicación geográfica, el edificio padeció los vaivenes que desde siempre caracterizaron a la vida política del país, y en 1930 fue incendiado durante el golpe de estado que derrocó al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen. Posteriormente, la Confitería fue reconstruida; pero ocho años después, la muerte de don Cayetano fue una señal de lo que sucedería en las décadas venideras. La Confitería pasó a manos de diferentes dueños, luego se vendió el fondo de comercio y la marca, y, al poco tiempo, los compradores presentaron la quiebra. Es allí cuando los nietos de Brenna recuperaron la Confitería y lograron revivirla. Sin embargo, durante los 90, la terrible competencia comercial destrozó las esperanzas de prosperidad y en 1997 la Confitería del Molino cerró definitivamente.
Desde entonces, somos muchas las personas que alzamos la mirada hacia la esquina de Callao y Rivadavia a la espera de un milagro. A simple vista, poco queda de la preciosa y notable Confitería que Cayetano construyó para expandir su empresa pastelera. Difícilmente, el hormigón ennegrecido, los hierros oxidados, los mosaicos y la torre con sus aspas a punto de flaquear vuelvan a deslumbrar como en los tiempos dorados de la belle époque. Sin embargo, con infinita paciencia, la Confitería del Molino aguarda el esperado rescate, ese que podrá salvarla del avasallador progreso social que se empecina en echar al olvido todo aquello que alguna vez fue orgullo indiscutido de esta ciudad.

Leave a Reply