La historia sobre cuatro ruedas

Edición N 49

Como todo invento revolucionario, el automóvil marcó un antes y un después en la historia del transporte, e hizo del hombre el partícipe y testigo natural de su evolución. Desde el primer vehículo propulsado a vapor, ideado en 1769 por el francés Nicholas Joseph Cugnot, con llantas de hierro y ruedas de madera, hasta el Ultimate Aero, el auto más rápido del mundo, con una velocidad máxima de 434 kilómetros por hora, el automóvil ha logrado mantener intacta esa aptitud para embelesar y perturbar los sentimientos de los mortales, hasta el punto de convertirse en su objeto de mayor deseo. Así lo entendieron el ingeniero alemán Karl Benz, pionero en el desarrollo de la industria automotriz mundial, y Henry Ford, el más exitoso fabricante de autos de los Estados Unidos; pero también todos aquellos que subidos a carros anticuados o modernos vieron trocar sus vidas comunes en leyendas y en mitos, algunos escritos con la pluma blanca de la gloria y otros con la tinta roja de la tragedia. Aunque suene descabellado, parte de esa historia y de esos acontecimientos que la humanidad produjo sobre cuatro ruedas, hoy puede visitarse en el Museo del Automóvil de la Ciudad de Buenos Aires, ubicado a pocas cuadras de la Avenida Gral. Paz, en el barrio de Villa Real.

Como si se tratara de una señalización vial, sobre la calle Irigoyen 2265 un auto de competición pende a varios metros de la vereda e indica que allí se encuentra el templo en el que comulgan los amantes incondicionales de los fierros y en donde más de un aficionado al rubro automotor quedará atónito frente a los rodados que conforman su colección. Tras la fachada pintada paradójicamente de color rosado, los dos pisos que ocupa el galpón principal atesoran cincuenta autos antiguos custodiados por un montón de trofeos, publicidades, carrocerías fileteadas, bicicletas y motocicletas en desuso, radiadores, volantes y todo tipo de accesorios para automóviles de diferentes épocas. Conmueve descubrir en un mismo sitio piezas únicas y legendarias, como el auto número 338 de la línea Ford A Tonneau, de 1903, denominada La máquina más sencilla del mundo, de la que Henry Ford fabricó sólo 1700 unidades; el Ford T de 1925, impecable coche presidencial de los Estados Unidos; la Coupé Torino N1, que en 1969 participó en las 84 horas de Nürburgring, en Alemania; y hasta el sedán cuatro puertas Hudson, de 1929, que en su interior guarece nada más y nada menos que a la figura de cera de su entonces propietario, el prestigioso escritor Jorge Luis Borges.
En medio del brillo que destellan los cromados de los Rolls Royce y de los Alfa Romeo, también sobresalen vehículos como el REO, el taxi-colectivo de 1927 que realizaba paseos turísticos por los barrios de Buenos Aires; el Chevrolet 1932, bautizado Lecherito, encargado del reparto de leche suelta a domicilio en la ciudad entre 1935 y 1965; el Ford T 1923, conocido como el coche Doctor, utilizado por los médicos rurales; el estadounidense Hupmobile de 1927, con su distintiva cola con aspecto de bote; y el convertible Dodge Brother 1937, otrora propiedad de la Embajada de los Estados Unidos, que Diego Armando Maradona usó para su casamiento y Alan Parker para la película Evita.
Como era de esperar, dentro de los dos mil metros cuadrados que abarca el predio se rinde tributo a los más exitosos automovilistas argentinos: Juan Manuel Fangio y Oscar Alfredo Gálvez. Distantes de la rivalidad eterna que fanáticos y comentaristas deportivos dieron por sentada a sus vidas, hoy la Chevrolet Coupe TC 1939 que acompañó a Fangio en sus hazañas en el Turismo de Carretera y la copia fiel con partes originales de La Empanada, la coupé Ford 1934 que condujo el aguilucho en las competencias en el Autódromo y en otros circuitos porteños, comparten, junto a otros inolvidables bólidos, un espacio exclusivo en este universo de cilindros, tuercas, válvulas y pistones.
Por si algo faltara mostrar, el Museo del Automóvil presenta una minuciosa escenografía al aire libre de la Buenos Aires de ayer, con coloridos locales de oficios de cara a la calle empedrada. A escasos metros de este pasaje que rememora a la vieja ciudad, la réplica de una estación de servicio de madera ostenta en su entrada un par de antiguos surtidores celestes y blancos pertenecientes a la ex empresa YPF, y hace las veces de playa de estacionamiento para los inconfundibles autobuses ingleses double decker y para un lustroso camión Scania.
Desde la generación de energía mediante el vapor hasta la incorporación de la gasolina como el fluido vital para movilizar los rodados, el automóvil sufrió una metamorfosis increíble, tal como puede verse en varias de las máquinas de colección del Museo. El grotesco y pesado carruaje sin caballos mutó a un cuerpo de aluminio ultraliviano, veloz y aerodinámico; dejó de ser una exclusividad de los deportistas y el motivo de ostentación de la gente rica para devenir en el transporte popular y de fácil accesibilidad que hoy todos conocemos. Más que merecida, entonces, la creación de este santuario automotor, erigido en homenaje a un invento que con el paso del tiempo se afianzó como parte indisoluble de lo cotidiano.

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