La cúpula más grande

Elevada a ochenta metros de altura desde la terraza del Palacio Legislativo, la superestructura de inconfundible tono verdoso engalana el cielo de Buenos Aires desde hace más de cien años, exactamente desde 1906. La historia cuenta que allá por 1895, el ingeniero italiano Víctor Meano, responsable de esta obra colosal, entendió como nadie la grandiosidad que el edificio del Parlamento debía mostrar e ideó un remate cupular de dimensiones monumentales, que sobresaliera, imponente, en una ciudad en la que predominaban las construcciones bajas. Para Meano, no era una novedad el significado de las cúpulas, por eso combinó el prestigio, el poder y la autoridad que ellas representan con un diseño particular e inusual de bóveda -más bien esbelta y alejada de los domos tradicionales de fines del Siglo XIX- para que desde la lejanía causara un fuerte impacto asociado a la perspectiva.

Para quienes tuvimos la fortuna de recorrerla, la cúpula central del Congreso es una joya tallada a la perfección, tanto de cara al cielo como en su interior. Tan así es, que les puedo asegurar que la sorprendente arquitectura encerrada tras ese precioso caparazón verde dejaría estupefacto a más de uno, al igual que el deplorable estado edilicio al que ha llegado esta maravilla construida hace más de un siglo.
Alzarse hasta la cúspide es una invitacíón a escaparse momentáneamente de lo contemporáneo para entrar en lo más oculto del pasado. La meticulosa conexión de escaleras internas que posee la cúpula no sólo es el único medio para adentrarse en este túnel del tiempo en pleno corazón de Buenos Aires, sino también el elemento fundamental para descubrir, poco a poco, la tarea formidable que demandó su construcción. Resulta imposible, entonces, negarse a la aventura de pisar los escalones de cemento teñidos de óxido que conducen al primer descanso dentro de la cúpula, compuesto por un balcón circular, donde mirar hacia arriba o hacia abajo causa la misma admiración. A pesar de la suciedad y de la falta de mantenimiento notorios en derredor, desde allí puede verse la superficie cóncava de la bóveda -con signos avanzados de humedad y el desprendimiento de algunos ornatos- así como el lugar exacto del que pende, a sesenta metros de altura, la bellísima araña de bronce de dos toneladas de peso, sin duda, la más imponente del Palacio.
Como contraposición, la sensación de vacío bajo mis pies es espeluznante. Asomarse desde el balcón circular es lo más parecido a ser succionado por un lujoso embudo gigantesco: la distancia multiplicada sin cesar hasta el piso, atravesando el bellísimo artesonado del intradós de la cúpula y las veinticuatro esculturas de tres metros cada una que adornan la base del tambor, no me deja mentir. Pero hay un dato que, sabiamente, los historiadores de 1900 dejaron apuntado para entender mejor la hazaña que requirió semejante obra y que, de sólo imaginarla, apabulla aún más que lo ya visto. Cuentan que la construcción de la gran cúpula central ha sido un trabajo notable de ingeniería; sólo los cuatro pies o pilares en que reposa tienen una superficie total de trescientos metros cuadrados de granito. Para afianzar esta cúpula y aguantar su enorme gravedad de treinta mil toneladas, ha habido que hacer, excavando en el suelo hasta diez metros más abajo al de la calle, otra cúpula al revés, también de piedra, que bajo los pies se ve como un enorme medio huevo, dando vértigo observarlo.
Tal paralelismo incentivó aún más la subida hasta la cima para comprobar la excelencia del proyecto diseñado por Meano. Una escalera similar a un tirabuzón me guía ahora desde el balcón circular hasta los peldaños de metal empotrados entre la bóveda interna de cemento y la externa de cobre, que culminan frente al secreto mejor guardado de esta megaestructura: la fantástica y soberbia armazón de acero que da origen a la cúpula; un verdadero laberinto metálico que denota el minucioso entramado arquitectónico. Justo sobre la curvatura final del domo, se accede al primer balcón externo, embellecido en su circunferencia con cuatro hojas de cobre de gran tamaño que, a modo de libro abierto, exhiben los orificios dejados por la lluvia de disparos lanzada desde los aviones militares durante la Revolución de 1955. Mejor suerte corrieron los voluminosos leones alados que se elevan justo sobre mi cabeza, ya que, a simple vista, no acusan recibo del maltrato de los proyectiles al que fue sometida la estructura. Aquí arriba, los detalles decorativos de la cúpula impresionan por su tamaño auténtico: las líneas curvas que se ven desde la vereda son, en realidad, una secuencia infinita de redondeles voluptuosos, y los cinco círculos que contiene cada hilera no son otra cosa que unos tremendos ojos de buey, utilizados para iluminar la bóveda en fechas patrias o en ocasiones especiales. Continuando el ascenso, una escalera angosta me abre el paso hasta el balcón más alto de todo el edificio, un verdadero desafío para el vértigo. Como suspendidos en el firmamento, cuatro globos de vidrio violáceo -algunos rotos y otros manchados de óxido- sirven de base para el cobre que se afina hasta concluir en un pararrayos.
Desde la cúpula más grande de Buenos Aires, la ciudad no parece real, sino una metrópoli imaginaria montada con diminutos ladrillos plásticos de un juego de encastre para niños. En esta maqueta a escalas mínimas, la Avenida de Mayo es apenas una raya asfáltica de escasos centímetros, bordeada de pequeñísimos árboles que culminan su recorrido frondoso en la Plaza del Congreso, esa lengua larga y anaranjada con ansias de deglutir a quien la pise. Desde una perspectiva impensada, las ingentes aspas de la Confitería del Molino se desvanecen con el tono tiza de las construcciones sobre la avenida Callao, y en la torre escuálida, los estropeados apliques dorados chispean apenas los roza la luz solar. Perdido entre carteles publicitarios y edificaciones, el obelisco porteño alza su silueta como la punta afilada de un delgado lápiz blanco, mientras el agua amarronada y serena del Río de la Plata traza una pincelada fugaz en un horizonte semiazulado. En la lejanía, secundada por los característicos monoblocks de la zona, la torre del Parque de la Ciudad simula una estilizada aguja de hormigón clavada en una almohadilla de edificios. Kilómetros y kilómetros de piedra, cemento y arena se extienden ante mis ojos de gigante. Allá abajo, personas y vehículos pelean estratégicamente por una porción de ciudad y se mueven como fichas en un tablero, serpenteando tanta vastedad hormigonada. Así es como se ve lo cotidiano, lo diario, lo rutinario desde la majestuosa cúpula del Congreso…

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