A imagen y semejanza

 

Jamás olvidaré a David, ese muchacho apuesto, de cuerpo fibroso, de cabellos ondulados y de perfil exquisito que me sedujo apenas crucé la puerta de entrada del museo. Sin titubear, me dio la espalda, se interpuso en mi camino como una muralla de músculos infranqueable, como un gigantesco obelisco humano. Aclaro que mi intención no es excusarlo, pero su poca caballerosidad nada tuvo que ver con la ausencia de buenos modales, sino más bien con que mover su blanco cuerpo de mármol de casi cinco metros de altura le es una proeza imposible de lograr. David no es real. Sin embargo, cada detalle de su infinita anatomía y la mirada penetrante de sus ojos lo bañan de vida y, por qué no decirlo, hasta me hacen pensar que tiene alma.
David no es otro que el David de Miguel Ángel, pero no el de Miguel Ángel, sino un calco que aloja la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación Ernesto de la Cárcova en su Museo de Calcos y Escultura Comparada. Demás está decir que la figura masculina reproducida de la original del célebre Buonarroti es la más llamativa en este centro artístico que atesora decenas de copias de otras esculturas tanto o más famosas que la del vencedor de Goliat. Llena de orgullo enterarse de que la mayoría de los calcos que exhibe el Museo llegaron a la Argentina como donaciones de diferentes países, una gran parte de ellos lo hicieron con motivo de la Exposición del Centenario de 1910 y otros conservan el extraordinario valor de ser las primeras imitaciones de las obras originales.
Gracias a sus calcos y a sus esculturas comparadas, el Museo creado por el eximio pintor argentino Ernesto de la Cárcova es el primero en su género en América del Sur y tiene el privilegio de cobijar en un mismo espacio réplicas de obras pertenecientes a los más significativos ámbitos culturales del mundo: del Museo del Louvre, del Museo de Berlín, del Museo del Vaticano, del Museo Británico de Londres, del Museo Nacional de Antropología de México y hasta de la antiquísima Acrópolis de Atenas, además de otros sitios custodios de la historia del arte de la humanidad. Bajo un mismo techo, las impactantes colecciones del arte asirio, egipcio, caldeo, griego, medieval, del Renacimiento, oriental y mesoamericano colman las tres modestas salas del complejo, desde las que viajamos, sin escalas, a través de los siglos.
Ya no hay excusas, entonces, para privarse de contemplar las maravillas artísticas que ofrecen los museos internacionales y mucho menos para seguir admirándolas sólo desde las páginas de las voluminosas enciclopedias ilustradas. Afortunadamente, diosas, dioses, reinas, reyes, guerreros, esclavos, vírgenes, ángeles y hasta animales mitológicos echaron raíces por estas tierras a pesar de sus marcadas diferencias cronológicas y geográficas. A pocos metros de la costanera del Río de la Plata, las civilizaciones antiguas que conocimos por primera vez a través de láminas y de textos escolares moldearon con su arte una vecindad de lujo en este pequeño pero impresionante museo porteño ubicado en la Avenida España 1701, muy próximo al flamante barrio Puerto Madero.
Observándolas detenidamente, las esculturas parecen revivir desde los fríos pedestales. Así, mientras el Moisés vigila con obsesión la puerta de acceso al museo, el colosal Lorenzo de Médici se pierde en su propia meditación. Desafiantes, el rey Salomón y la reina de Saba cruzan miradas con su vecina de enfrente, la Dama de Elche, que no duda en resaltar su hermosura con un fino conjunto de joyas ibéricas tallado en la piedra. A pocos metros, la Venus de Milo espía con sutileza a otras dos beldades: Palas Ateneas y Afrodita Genitrix, todo bajo la visión centinela de la cariátide del Erectión, ubicada bien alto en el fondo de la sala. Entre tanto, tras las inmensas alas de la Victoria de Samotracia, los torsos de Belvedere representando, quizá, a Hércules u otro dios y el de Dionisios demuestran que su masculinidad puede ser extraordinariamente bella aun con sus cuerpos mutilados. A sus espaldas, un grupo de guerreros evocan una escena extraída del frontón del Templo de Afaia, en Grecia, que deja como saldo a un luchador moribundo arrastrándose ante la actitud combativa de otro que cubre su cabeza con la piel de un animal.
Adueñándose de otro sector del museo, el rostro enorme de la diosa lunar mexicana Coyolxauhqui irradia un brillo fascinante desde la negrura de la piedra. Impresiona su tamaño, así como el minucioso tallado de la ornamentación en su cabeza. Muy cerca de ella, la figura de otro dios de la cultura mesoamericana aparece sigilosa: el Jaguar Rojo, felino cuyo original se destaca por la intensidad del color y por la imitación de sus manchas con discos de jade. Pero en este espacio no sólo habitan deidades americanas: sin necesidad de recorrer miles de kilómetros para unir continentes, nos encontramos con las imágenes de varios personajes adorados por otras civilizaciones, como por ejemplo Prajñaparamita, la diosa de la Sabiduría para el budismo, o con bajorrelieves que testimonian hechos trascendentales de antiguos imperios como el egipcio, con la Coronación de Seti I, enmarcada por un sinfín de jeroglíficos.
Tanta concentración de esculturas y calcos renombrados hizo del Museo de Ernesto de la Cárcova un sitio único en Buenos Aires, en nada parecido a cualquier otro museo de arte de la ciudad. Su patrimonio cultural es motivo de admiración tanto para quienes lo visitan por primera vez y descubren estas obras maestras del arte clásico como para los alumnos de la Escuela Superior de Bellas Artes, que utilizan las imitaciones de las célebres esculturas como modelos para el aprendizaje. Pero si hay un dato insólito en la reseña de este museo-escuela es el que señala que se erigió en lo que fue parte de un antiguo hospital de cuarentena veterinaria, en tierras pertenecientes al ex Balneario Municipal. Para el disfrute de muchos, a ochenta y un años de su inauguración, todavía sigue allí, velando por sus objetos preciosos, reunidos y guardados celosamente en uno de los rincones más secretos del mapa porteño.

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