Santos juguetes, Batman!

 

Sábado a la noche. Como caleidoscopios, las marquesinas y los automóviles distorsionan sus colores luminosos en el horizonte de asfalto; las veredas empiezan a poblarse de caras solitarias, de grupos de amigos, de gente sin edad para la diversión. Cines, teatros, discotecas, restaurantes, bares, librerías y pequeños comercios atraen y pretenden entretener a la gran masa humana que deambula a contramano de medio mundo bajo las farolas de la Avenida Corrientes. Buenos Aires se prepara para no dormir.

Al mismo tiempo, en otro punto del centro porteño, otra ciudad está en peligro, aterrada por el accionar despiadado de un grupo de villanos. En señal de auxilio, un enorme reflector proyecta sobre los edificios la figura de un murciélago y la clava como a un puñal en medio del cielo. Sólo eso bastará para que el multimillonario e inocentón Bruno Díaz abandone la comodidad de su mansión para acceder al escondite subterráneo y transformarse en Batman, el enmascarado que, junto a Robin, restablecerá el orden y la paz en Ciudad Gótica. Podrá el dúo dinámico ayudar a los tranquilos habitantes de Ciudad Gótica a acabar con el terror desatado por los supervillanos?, pregunta la voz en off. Atrapada por la intriga y a la espera de que el enigma sea revelado, me uno a la hilera de pares de ojos hipnotizados por la pantalla gigante desplegada en el bodegón de comidas regionales que elegí para pasar mi noche de sábado. A pocas cuadras de la Avenida 9 de Julio, La Morada se empeña en revivir los años felices de nuestra infancia de la mano de personajes por demás amados y admirados; de protagonistas de historietas, de series televisivas, de ídolos eternos que dejaron huellas en la verdadera niñez, la de la inocencia.

Para todos aquellos que como yo aún llevan un niño dentro, recomiendo visitar este escondite culinario, esta especie de baticueva porteña que funciona como refugio de superhéroes de todas las décadas, de colecciones enteras de familias de muñecos, de álbumes de figuritas de todos los tiempos, de antiguas latas de galletitas dulces y hasta de los más variados envases de leche, esos mismos que compraban nuestras madres al lechero o en el almacén de la vuelta para prepararnos la merienda al regreso de la escuela. Y sí cómo olvidar esas tardes de barritas de chocolate sumergidas en leche caliente, de vainillas esponjosas, de tostadas untadas con manteca y dulce de leche mientras mirábamos en la televisión cómo Tom corría alocado a Jerry o cómo los héroes de entonces luchaban, a los tumbos, contra los malvados de turno! Si son de esa gente que se conmueve al toparse con un recuerdo de la niñez, pues, a sacar el pañuelo y a ponerse nostálgicos porque en este bodegón no hay más que eso, se mire hacia donde se mire.

Albergue de celebridades y reliquias infantiles que ya no pueden competir con la sofisticada tecnología de los videojuegos y de los dibujos informatizados, en papel o en material plástico La Morada atesora todo aquello que quisiéramos volver a tener: desde las antiguas figuritas deportivas para jugar en la canchita con fotos autografiadas de los jugadores de fútbol o los paquetes de figuritas brillantes de Blancanieves, Caperucita Roja y Pinocho hasta los sobrecitos de figuritas con olor a fruta, como las de Frutillitas, o de las redondas de cartón, como las de El Zorro. Si de colección de muñequitos se trata, los inigualables ChocolatinesJack hacen justicia con su recopilación de famosos. No falta ninguno! Napoleón, Chaplin, Laurel & Hardy, Tarzán, Superman, el Capitán América, Batman, Robin, Batichica, el Pingüino, el Guazón, el Acertijo, el Hombre Araña, la Mujer Maravilla, el Increíble Hulk, He-Man, el Zorro, el Sargento García, el Chavo del 8, el Chapulín Colorado, Gaby, Fofó y Miliki, Heidi, el Abuelito, Pedro, Clarita y hasta Copo de Nieve tiene su réplica! Las estrellas locales como Mafalda, Felipe, Clemente, la Mulatona, Patoruzú, Patoruzito, Patora, Pampero, Calculín, Hijitus, Anteojito, Antifaz, Larguirucho, Pichichus, la bruja Cachavacha, el profesor Neurus, Gold Silver y su hijo Oaky, entre otros, también tienen en los estantes su lugar para la posteridad. Por supuesto, entre tantosouvenir infantil, bien vale una advertencia para los amantes del dibujo artístico: está totalmente prohibido utilizar las plasticolas y ni hablar de sacar de la vitrina la cajita de fibras Sylvapen de doce colores!

Desde el otro extremo del local, hace rato que unos cachetudos sonríen tras el vidrio. Es la Familia Telerín! Seguro que en cualquier momento me dirán que ya es hora de ir a la cama. Mejor, ni me acerco y miro otro estante. No tengo escapatoria! Allí están, pegaditos unos a otros, varios Petete que también me mandarán a dormir. Cómo olvidar el ritual de saludar a toda la familia apenas el orejudo daba el besito de las buenas noches! Por suerte, está cerca ese chico de Trulalá, que al pasar por adentro de su sombrero se convertirá en Super Hijitus y me sacará de esta situación. Espero que lo consiga, porque el gallo Claudio, el Coyote, el oso Yogui y hasta el ratón Jerry están ansiosos por delatarme. Que ni se atrevan! El hincha de Camerún no dudará en usar su hueso para defenderme!

Sonará a locura, pero disfruto en demasía perderme en estas fábulas infantiles. Muchos de esos juguetes viejos que ahora me rodean y con los que interactúo imaginariamente, tiempo atrás estuvieron entre mis manos y fueron la diversión diaria de mis primeros años de vida. A muchos de esos personajes estampados en un cartón, los conocí por primera vez a través de una pantalla de televisión donde ni siquiera había color. Sus hazañas, sus torpezas, sus sonrisas inmortalizadas y sus frases ingenuas crearon historias para mí tan creíbles como fantásticas, llenas de magia y de candor. Felizmente, nuestros inolvidables amigos parecen haber encontrado en este bodegón de comidas caseras un hogar acogedor para perpetuarse. Qué mejor que un locro, un guiso de lentejas bien caliente o unas empanadas humeantes para sobrevivir a la frialdad de tanto nuevo superhéroe digitalizado!

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